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Historias del metro


Los madrileños somos animales acostumbrados a medir las distancias en paradas de metro. Al me cojo la azul, o la verde o la siete - según seamos más matemátcios o artistas -, al "¡la circular no, por diox!, al enlace con el enlace del enlace, a quedar en la "salida de siempre"... Y, por supuesto, al "atención, estación en curva".

Curtidos en mil y un viajes, tenemos decenas de batallitas que compartir. Tan sólo hace falta rememorar una al calor de un café junto a los amigos, para que se establezca una corriente continua de anécdotas. Casi todas son enervantes. Hay algunas divertidas. Varias de ellas son curiosas. Y unas pocas, malas de verdad. Pero la magia de los transportes, con sus accesos y sus vías, va más allá del poder de la mecánica y la electricidad. Viaja junto a la gente, pasando inadvertida. Una sombra más de camino a no se sabe dónde. Sólo se repara en ella cuando alguien ayuda a otra persona a subir, cuando un grupo se planta ante un tirano que ha confundido el metro con su castillo. Muestra su chispa en las miradas, esas complicidades de un par de paradas, o en la música en directo. También en las manos de un ilusionista ganándose el pan entre vagones; alguien capaz de iluminar con sonrisas un paisaje sempiternamente taciturno. Y eso tiene mucho mérito.